Reflexiones sobre la mediación familiar

 

José Terente-Terente
Mediador Familiar

La mediación, del tipo que sea, es sin duda un sistema complementario al judicial para la resolución pacífica de conflictos interpersonales o de grupo. La mediación familiar, por afectar a un tipo especial de relaciones, es particularmente apropiada para fomentar métodos y formas de solución que añaden efectos sinérgicos positivos al conocimiento individual. Esa especialidad de las relaciones familiares tiene que ver con el sustrato que rige "esa nueva etapa" en la vida de las personas. Se podrá cambiar de pareja, de marido, de esposa e incluso, de coche. Pero los vínculos afectivos que ligan a nuestros clientes, son inseparables de la propia historia vital del sujeto. Conforman su modo de vivir hasta tal punto, que una gestión problemática de los mismos determina por completo sus actos, sus pensamientos y, por supuesto, sus respuestas emocionales.

Lo habitual en la mayoría de los casos es que, una relación familiar traumática concluya (ruptura de la convivencia o de la afectividad) de una forma traumática. Esto no es responsabilidad de los abogados ni de los tribunales de justicia. La función de aquéllos y de éstos es completamente inhábil para moralizar o educar a las personas. El mediador tampoco es un terapeuta, pero cuenta con un conjunto de herramientas y conocimientos que le habilitan para facilitar "otro modo" de solucionar los problemas. Esto por si sólo ya es un buen principio. Reconocer las emociones, expresar los sentimientos y armonizar los auto-conocimiento-estima-confianza, se convierte en el esquema formal del mediador.

La informalidad que anuncian la mayoría de las Leyes sobre mediación familiar ("la mediación constituye, por definición, un instrumento informal de solución de conflictos que no puede estar regido por rígidas reglas procedimentales..."), es una informalidad de ella misma como mecanismo regulador de una actividad profesional. Sin embargo, la función social del mediador familiar conlleva un alto grado de responsabilidad que sólo podrá sustentarse con decoro desde un elevado grado de formalidad personal y metodológica. La formalidad del proceso de mediación es un aspecto clave para que las partes consigan un resultado exitoso. Encaminar el trabajo de la mediación desde una perspectiva de futuro, es esencial para mantener en todo momento una idea de proyección, y no de revisión, en nuestro trabajo. Vamos a hablar de que podemos hacer, aunque en ocasiones habrá que hablar de lo que se hizo. El porqué se hizo no tiene sentido. El para qué se hizo es el único sentido. Las personas hacen lo que hacen porque en ese momento fue lo que mejor sabían hacer, para bien o para mal. Pero (lo que está bien y lo que está mal), es un juicio moral que no nos corresponde. Sin embargo, en todo acto pasado o comportamiento presente, en todos, siempre hay una intención positiva, siempre hay un motivo lícito, loable, que nos permite revisar "ese pasado" desde otra perspectiva, desde otro punto de vista. Eso, en la mayoría de los casos, servirá para ir caminando en nuestra tarea. Todo tiene una intención positiva, sólo hay que "parar" y buscarla en ese momento, porque ahí estará. No me refiero a traumas idiocias o infantiles. No despiertes el monstruo si no quieres que te devore. La oscuridad como contrapuesto de claridad, es una cuestión de enfoque. Es como un "foco" que puede, y de hecho así ocurre, proyectar una y otra cosa. Ninguna de esas cualidades resulta prescindible. El mediador debe ayudar a proyectar claridad, a girar el foco.

El reconocimiento de intereses (véase el ejemplo de las naranjas) es tarea de mediador. Supone de hecho una tarea de racionalización del problema, aunque en ocasiones también de "emocionalización"[1], aunque esto es tarea más delicada y compleja sobre la que se deberá operar con suma prudencia. Algunas personas son excesivamente racionales. Otras son excesivamente emocionales o emotivas. Es una cuestión de "compensación". Cuando expresan su realidad (lenguaje verbal y no verbal), que nunca debemos discutir, comprobamos con claridad ese desajuste. También expresan los modos, método o instrumentos de que disponen para "solucionar" esa situación. (P.eje.: y, cuando ocurre esto, ¿qué haces?¿cómo o de qué modo tratas de solucionar la situación?) Ese es su "modo" de solucionar el problema. Sin embargo, siempre cuentan con otros "modos", pues si el "problema" se repite ¿Cómo crees que podrías solucionar de otro "modo" ese problema?

Por lo común, expresan el problema de un modo "personalizado", y dicen: El problema es él, o ella. Y tienen razón, porque cuando la relación afectiva se deteriora, no importa lo que hagan ella o él, porque como lo hacen ella o él, siempre está mal hecho, siempre les molesta, porque tienen un prejuicio personal que les impide "ver las cosas que se hacen" y sólo ven "quién las hace". Así de sencillo, así de difícil. Ni aún en la dinámica de los actos o motivos más asépticos, consigue el sujeto librarse de su "signum".

Pero, dentro del proceso de mediación, él o ella no harán nada por separado. Lo harán de forma conjunta con el mediador, de modo que, frente a lo que él haga ya no cabe reproche porque también ella ha participado. Lo mismo en el "otro" sentido. Así se comprueba haciéndoles notar esa participación, recordándoles que en ese acuerdo están presentes sus intereses. Tampoco él podrá reprochar la ventaja para ella de los acuerdos, pues también ha participado, ha dicho lo que deseaba realmente, de forma sincera, de modo que, de esta forma, sus intereses han sido respetados.

El contexto que ofrece la mediación es otro elemento clave. Por utilizar un símil, se trata de crear junto con las partes, la idea de que ese momento (cada vez que llegan a la sesión) se introducen en un escenario diáfano, o dónde sólo quedan aquellas cosas que resultan útiles para crear una nueva obra en la que todos tienen su papel, su personaje. No es otra intención con la que acuden las partes a la mediación: su persona-je. Ese nuevo "escenario" no puede crearse con viejos muebles, enseres y utensilios, decorosos para otros momentos ya superados. Es necesario airear la experiencia (no se debería poner trabas moralistas a las discusiones de los clientes. Debe permitirse el más alto grado tolerable de discusión entre las partes para que exterioricen emociones y sentimientos reprimidos.) El punto clave, el "giro" del foco hacia otra realidad, es sutil tarea del mediador. ¿Quién marca los movimientos sobre el escenario, el actor, el foco?. No hay posibilidad de una mediación productiva cuando no se permite a las partes que expresen sus "motivos" y se les haga observar ciertos matices que les pasan inadvertidos en esa dinámica destructiva que supone enfadarse "en público". Tampoco habrá indicios de éxito cuando se propicia o incluso se exige, en aras del decoro u otros prejuicios morales del propio moderador, que las personas "olviden" o "repriman" esas emociones pasadas. Como decía C.G. JUNG., "todo lo desconocido y vacío es llenado con proyecciones psicológicas; ocurre como si en la oscuridad se reflejase el propio trasfondo psíquico del observador."

Por otro lado, las partes deben relatar las situaciones problemáticas por separado, de forma independiente. De este modo encontrarán el propósito que les ha podido sugerir la experiencia vivida como un "problema insalvable." Ellos, en todo caso, han adoptado por la mejor opción a su alcance. Nadie se complica la vida por gusto. Si es así, vivirá a gusto complicándose la vida.

Luego que el terreno esté límpido, llano y aséptico, viene la fase de reconocimiento de la situación que podemos superar en un escenario favorable. Todos necesitamos el cariño y el reconocimiento de los demás. Unos en una medida otros en otra. Y para obtener ese reconocimiento somos capaces (tenemos capacidad) para adaptar esa realidad a nuestras necesidades. La persuasión, el engaño, la manipulación son facultades comunes a todos los seres humanos que permiten la adaptación a un medio hostil o la superación de una situación problemática. Y, esa capacidad para superar aquella o esta situación, pone de manifiesto, incluso, un alto grado de originalidad. Eso es un rasgo de inteligencia, sin duda alguna, aunque muchas personas no lo hayan entendido así nunca. Siempre se dice que uno es de tal o cual manera. Que es "creativo, serio, cauteloso, impulsivo, etc., etc.,". Pues bien, así será, pero también puede ser "analítico, divertido, confiado y riguroso". Si no acaban de creérselo que hablen y seguro aparecerá algún momento, alguna situación en que fueron de "aquella manera", y también de "esta otra manera". Somos nosotros mismo quienes ponemos límites a nuestra capacidad.

En definitiva, la función del mediador es claramente sintética, como si de un proceso alquímico se tratara:

"La primera fase consiste en la purificación o destilación de los elementos que integran su materia prima, o masa confusa, como él la llama. Los opuestos se separan y, como macho y hembra, o rey y reina, se unen en una "conjunción", a veces seguida por su muerte-- la denominada putrefacción o mortificación--, y luego por la resurrección carnal o espiritual en el producto de su unión. Las fases del proceso son cuatro, designadas por cuatro colores: negro, blanco, rojo y amarillo u oro. Su característica invariable es el ser una síntesis o unión de elementos opuestos, concebidos como pares de contrarios: materia y forma, masculino y femenino, cuerpo y espíritu, grosero y sutil, etc. La unión se presentaba generalmente como una boda mística -- coniunctio-- que tenía lugar en el interior de la vasija hermética. En síntesis, el rasgo esencial de la alquimia, común a todas las teorías alquimistas pese a sus divergencias de procedimientos y terminologías, es el ser una "obra" enderezada a la transformación de las sustancias bajas en sustancias nobles, de lo corruptible en lo incorruptible (...) Esta boda química no es más que un símbolo del "matrimonio interior" que tiene lugar durante el proceso de individuación, de la conciliación de los contrarios que debe efectuarse dentro de la psique para que el ser humano pueda alcanzar la totalidad del ser, la integración del yo consciente del hombre con su parte femenina, el anima, o del de la mujer con su contraparte masculina, el animus. La piedra (filosofal) viene a ser, así, un símbolo de la totalidad, del sí-mismo." Enrique Butelman, en el Prólogo al libro de C.G. JUNG. La Psicología de la Transferencia. Ed. Paidos, Barcelona, 1.983, Págs. 17 y 19.

Gijón. Enero de 2.008

 


[1] Como se supone que el Ser Humano puede razonar y emocionarse, he buscado la palabra "emocionalización" en el diccionario de la RAE., con el siguiente resultado: Aviso. La palabra emocionalización no está en el Diccionario. He hecho lo mismo con "racionalización", y ocurrió esto. Racionalización. 1. f. Acción y efecto de racionalizar. Confieso que me he quedado "a medias".

 


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